| Imagen tomada de www.duzensiz.com |
La Biblia, tanto para creyentes como
para no, nos ha hablado siempre de cómo ha sido la relación entre el hombre y
el ambiente. Nos hicimos señores de los árboles que nos dieron su fruto para
alimentarnos, también señores de los animales, cuyo producto y a veces carne
propia también terminaron estando a nuestro servicio, aunque eso les costase la
vida.
La
naturaleza, en toda su extensión, fue puesta a nuestro servicio para que no nos
faltase vestimenta, hogar, calzado o cualquier necesidad que se nos presentara.
Sin embargo, para que esto se hiciera cierto se estableció, en el mismo momento
y de modo implícito, un contrato: Ningún árbol daría de su fruto si no era
cuidado con amor, paciencia y dedicación y ninguna criatura ofrecería su
producto y su propia vida de no ser a cambio de una buena dosis de amor y de
atención diaria, tan cuidadosa y dedicada como la de los árboles. Y fue así
como pastores criaron y guiaron sus ovejas, ganaderos arrearon, alimentaron y
cuidaron ganado y agricultores dieron toda su atención de la jornada diaria a
sus plantas.
Ahora, de
pronto, una cultura mercantilista y de consumo excesivo ha echado por tierra
este hermoso y productivo contrato, llevándonos por un camino que hasta los
mismos cristianos dirían que La Biblia predijo mal: nuestra propia extinción.
No sólo las grandes corporaciones producen y producen a cuesta del medio
ambiente, contaminándole y sobre explotándole, sino que, como individuos, le
descuidamos y maltratamos desechando de modo incorrecto material contaminante o
maltratando a sus animales, sólo porque somos sus dueños, “y podemos hacerlo”.
Pero resulta
que, en lugar de dueños, que sí cuidan lo que les da de comer, nos hemos
convertido en parásitos, seres que sólo se interesan en crecer y destruir. Un
virus. Y aunque muchos nos crucemos de brazos y neguemos mirando al cielo, al tomar
esta actitud estamos, irremediablemente, marcando nuestra destrucción. Esos
mismos océanos que contaminamos con los desechos de una descuidada planta
nuclear que cedió como consecuencia de un movimiento natural, son los que dan
vida a los peces que nos alimentan, que a la vez dan vida a muchas de las aves
que dan vida a los árboles de cuyo fruto necesitamos. Ese venado que cazamos
aquella vez por deporte, acabará desbalanceando todo un ecosistema que, al
caer, nos arrastrará con él.
Somos uno
con el ambiente, hasta con el más pequeño e insignificante de sus seres. Esa
mosca que tanto odiamos al morir alimentará a un grupo de hormigas que luego
alimentará, sin que lo sepamos, a las aves cuyos huevos serviremos en el
desayuno. Y ese perro que muere de hambre podría ser el guardián de nuestra
morada, nuestro compañero de soledades o el fiel pastor de nuestro rebaño. El
progreso alcanzado, en mi opinión, ya es bastante y suficiente para ser
felices. ¿Para qué buscar más? ¿Por qué no, por el contrario, concentrarnos
ahora en restaurar todo aquello que nos rodea que hemos dañado y que
necesitamos para subsistir? Recuperar esa relación de simbiosis, volver a aquel
pacto implícito, nos garantizará vivir en paz, en salud y con tranquilidad. No
hacerlo, por el contrario, nos llevará a una extinción tanto o más triste, que
el Apocalipsis bíblico.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada