De la Escuela de la Vida


En un afán por recuperrar el cuidado por mi blog y por recuperar mis viejas entradas perdidas en un espacio que creo pronto desaparecerá, estaré reposteando algunas viejas entradas, que considero valiosas, en este espacio. Un abrazo a todo el que se tropiece con este rinconcito.

A las 6:30 de la tarde llegó Rodrigo del colegio, pronto sería mayor de edad y ya lo esperaba con ansias. A sólo dos años académicos para el inicio de su vida universitaria y a dos de alcanzar la etapa de “hombre” el orgullo no cabía en su pecho y el entusiasmo por “coger vuelo” a veces no le dejaba si quiera dormir. Vivía haciendo planes e ideando escapes para todas partes, discos, restaurantes, cines y fiestas. Chicas, bailes, caña… Todo lo que aún no le dejaban hacer. Quería hacer lo que había hecho Maikel, el vecino, que a los 15 ya había “cogido calle”  y poco se preocupaba por alguna otra cosa que no fuera “vivir la vida”.

La mamá de Maikel varias veces había criticado a María Teresa el modo de criar a Rodrigo:
- ¡Eso ya pasó de moda mujer! –decía- ¡Ahora tienes que dejar que coja calle, que la calle lo enseñe!
- ¡Pero no chica! ¿Tu eres loca? A mi me da miedo vale. Mira como está esa calle ahorita.
- Pues así mi amor, lo que estás criando es…
- Bueno mija será, pero es el único que tengo mana… Y hay que cuidarlo. Que la vaina allá fuera está fea.
- Sie puej… ‘Ta bien… Esa muchacha es suya.

Rodrigo ya había intentado varias veces oír “consejo”. Una vez llegó emocionado a su casa a escondidas, a la 01:43am medio embriagado y despeinado pero María Teresa, que no era pendeja y había sido criada con la misma mano dura que el, ya se había dado cuenta y le esperaba serenamente en el sofá. No hubo preguntas, no hubo regaños, nada. Ella le saludó como a todo un hombre y el no comprendió el silencio (ese silencio de fiera que acecha esperando el momento justo) y lleno de hombría y orgullo se fue a dormir, sólo para ser despertado minutos más tarde con una senda paliza que lo hizo correr en interiores por toda la casa y hasta la borrachera le quitó; acompañada la escena con el coro “¡Mientras usted viva bajo este techo…”
“¡Pues algún día no viviré ya bajo este techo!” suspiró por última vez mientras, herido el cuerpo y el ego, cerraba la puerta para tratar de dormir.

Algunos años han pasado desde entonces y precisamente hoy lo vimos mientras jugábamos UNO en el balcón, iba camino a su casa, eran cerca de las 6:30 de la tarde.
- ¿Pa’ dónde vas tan temprano Rodri? –preguntó la muchacha de al lado, que anda enamoradita de él.
- Pues pa’ la casa flaca, ¿qué más?
- ¿Te ayudo?
- No chica vale, ¿Qué es? Yo puedo.
- Bueno vale te acompaño.
Ella bajó y se fue caminando al lado suyo, ayudándole de vez en cuando a mover la silla de ruedas entre los huecos de la calle. Y pensar que hace ya 7 años y pico desde la última vez que corrió a paso’e garza delante de la correa de su mamá.

Hace como 4 años el hombre cogió calle en serio, se fue con Maikel, enamorado, para una rumba en yo no se qué barrio de por aquí cerca. El estaba contento y la vaina estaba buena, hasta novia había conseguido. Como a las 2:00 de la mañana y de repente una gente se puso agresiva, Maikel se emborrachó y Rodrigo, que no hacía esas gracias todos los días, empezó a preocuparse y agarró pa’ la casa. Maikel se dio cuenta y trató de convencerlo pero cuando vio que no había vuelta atrás, le ofreció entonces pagarle la carrerita y pararon el taxi.

De ahí nadie sabe más nada. Maikel amaneció con tres disparos en el pecho, muerto. Rodrigo despertó en la sala de emergencias, vivo y completito, pero paralítico. Esa noche la policía se llevó a un gentío. Ahí está ahora Rodrigo sentado con su mamá en la puerta, ¿estará triste o arrepentido? Quizás feliz de que por lo menos se le dio el segundo chance. La educación se da en la casa, los valores y principios que heredamos de nuestros padres y abuelos; el hogar, es lo que nos prepara para enfrentar la calle. Pero la calle… Esa sola no enseña… Esa mata.

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