Seminario de Horror (I)


No era la primera vez que visitaba aquel pequeño pueblo, lo había hecho antes durante algún viaje de paseo. Era muy alegre y con muchos comercios y sitios interesantes por visitar, aunque si lo tuyo es la vida nocturna este no era el lugar para ti.

Pero en esta ocasión no venía de paseo. Unas de esas personas rimbombantes de fama internacional darían un seminario en el que, entre otros temas, hablarían sobre Periodismo Internacional, y yo soy periodista. Nunca he planeado salir del país y creo que nunca lo haría pero a mi jefe se le ocurrió que sería buena idea acudir al seminario, así que en contra de mi voluntad, reservó mi asiento, un cuarto de hotel y me mandó sin derecho a réplica a aquel pequeño lugar.

El primer día del seminario fue un verdadero aburrimiento, subieron a un grupo de música que parecía sacado de una caja de cereal, pero al menos pude entretenerme criticándolo. Luego subió el típico promotor de auto superación personal, personal branding y toda esa parafernalia que suena mejor en las “páginas” de una red de blogs cualquiera. Con sonrisa plastificada y traje fabuloso intentó convencerme de entregar más para recibir más. Sí, claro… Mira, mi jefe me cae bien, es un gran tipo y un jefe respetable, pero aquí me tienes aguantando su discurso en un pueblo lejos de casa y te prometo que cuando vuelva, mi salario será el mismo. No importa cuánta pasión despilfarre acá, no recibiré más a cambio, así que gracias. Luego, una de las charlas sobre el tema principal, por la que pagaron ese dineral para que yo fuera. Esa sí estuvo interesante y reconozco que me enseñó muchas cosas que algún día, cuando viaje a Italia o a Siria, pondré en práctica.

Terminó entonces el primer día de seminario y después de las horas de aburrimiento sentí que algo de aventura no me vendría mal. Aunque no conocía muy bien el lugar como para recorrerlo todo a pie, sí que había ciertas zonas del centro que transitaba con frecuencia en automóvil, y ya que el evento se realizaba en la Plaza Central y que mi cuarto de hotel estaba a unos 400 metros del lugar, sentí que sería una buena idea echar a andar y despejar la mente viendo un panorama distinto.

 

Y a caminar eché. La calle bajaba una suave colina en línea recta, bordeada de sencillas casas de concreto nada especiales. Era una larga calle con transversales cada 100 metros, muy poco transitada. Fue ahí, a medio camino de la primera “cuadra” cuando comenzó el desastre. Caminaba sin prestar mucha atención a las casas, esperando solamente encontrar algún lugar interesante que no hubiese visto antes. A mi derecha, frente a una de las casas, del lado de afuera de la pared a media altura y las rejas que separaban al frente de la acera, había un tipo de cabello largo y ondulado, de cara cuadrada aunque no era de contextura muy gruesa, llevaba una camisa manga larga y pantalón de Jean claro, es todo lo que recuerdo de él en ese momento.

El sujeto hacía gestos como de estar hablando con alguien, pero no miraba al frente, sino al suelo más allá en el jardín de la casa, y no parecía molestarse de ver que yo me acercaba por la misma. Cuando me di cuenta ya era tarde, estaba a unos tres cuerpos de distancia del tipo cuando noté que en su mano derecha llevaba un arma. Era una pistola, pero más grande que las pocas que he llegado a ver eventualmente. Negra e intimidante.

Él seguía hablando aparentemente despreocupado, pero por primera vez volteó a mirarme. Fue una mirada rápida, apenas el tiempo suficiente para memorizarse mi cara, tal vez, luego volvió a mirar hacia aquel punto al que miraba anteriormente. Algo me dijo que cruzara hasta la acera de en frente, sin embargo, mi estúpido instinto periodista me obligó a quedarme ahí a ver qué escuchaba. Lo más estúpido es que una vez que alcancé a escuchar algo, preferí no haberlo hecho…

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